Una explosión dio origen al Universo hace 13.800 millones de años. Un punto extraordinariamente denso y pequeño dinamitó violentamente dando origen a tres elementos que acompañan a la Humanidad desde que existe el conocimiento: la materia, el espacio y el tiempo. Aquel átomo primitivo inició una expansión imparable en todas direcciones creando a su paso todo lo que hoy conocemos y todo lo que todavía permanece oculto ante nuestros ojos diminutos.
Al principio de los tiempos, la temperatura alcanzó los 100 mil millones de grados centígrados, algo incompatible con la vida. Sin embargo, el incesante alejamiento de sí mismo produjo un enfriamiento progresivo que favoreció la aparición de la materia. Ésta se fue organizando en forma de densas nubes de átomos de helio e hidrógeno que, bajo los efectos de la gravedad, crearon nebulosas que posteriormente se convirtieron en estrellas. En el interior de estos astros gigantescos se fusionaron núcleos atómicos que generaron materiales mucho más pesados que fueron expulsados violentamente al exterior en forma de rocas, minerales e incluso planetas.
El Sol tiene una antigüedad de 4.800 millones de años. No hace mucho tiempo, la Humanidad creía que nuestra estrella trazaba alrededor del planeta una circunferencia perfecta que dividía cada día en tres intervalos bien distintos: la mañana, la tarde y la noche. Gracias al conocimiento que surge de la curiosidad, ese combustible que como la física para el Universo es la fuente de energía que permite nuestra expansión en todas direcciones, nos dimos cuenta de que era la Tierra la que gravitaba alrededor del Sol trazando durante su camino una órbita elíptica que cada día se iba dibujando un poco hasta concluir en un año, con su primavera, su verano, su otoño y su invierno. Este controvertido descubrimiento abrió nuestros ojos al Universo y ante unas dimensiones que tanto sobrecogen nos percibimos mucho más pequeños de lo que creíamos hasta entonces. Sin embargo, esta constante reubicación de nuestros límites que produce el conocimiento nos sirve para defender un principio que permanecerá inalterable hasta el fin de los tiempos: “A medida que la ciencia nos hace más pequeños, nuestra inteligencia se hace más grande”.
La luz viaja de un lado a otro del Cosmos a 300 mil kilómetros por segundo. La que recibimos del Sol cada día tarda unos ocho minutos en llegar hasta la superficie de la Tierra. Nuestro planeta pertenece a una galaxia llamada Vía Láctea que alberga en su interior algo más de 200 mil millones de estrellas. Más allá de nuestra casa galáctica, hay miles de millones de galaxias con miles de millones de estrellas y planetas en su interior. La luz más lejana que hoy se posa sobre las ópticas de nuestros telescopios lleva 13.800 millones de años viajando a 300 mil kilómetros por segundo descubriendo ante nosotros los instantes convulsos posteriores al big bang que provocó aquel átomo primitivo cargado de energía.
Los restos más antiguos conocidos del Homo Sapiens son de tan sólo 300 mil años. Somos, por lo tanto, un segundo cósmico, un nuevo átomo que ha dado comienzo a su expansión orbitando en un rincón del Universo a bordo de un planeta que no deja de dar vueltas sobre sí mismo. Somos una partícula insignificante que, sin embargo, concentra en su interior un núcleo denso que no deja de expandirse sobre sí mismo gracias a la energía que produce una inteligencia que cada día supera sus límites.
Las naves espaciales Voyager 1 y 2, que en la actualidad se encuentran en los confines de nuestro sistema solar inmersas en un largo viaje que se inició en 1977, llevan en su interior un disco fonográfico con un cartucho y una aguja resguardados bajo una cubierta de aluminio sobre el que espera un manual de instrucciones para ser utilizado. Al poner en funcionamiento este equipo, hoy casi primitivo, se reproducirá durante hora y media una selección de música de todo el mundo y de todas las épocas en la que la obra del compositor alemán Johann Sebastian Bach (1685-1750) tiene un especial protagonismo. Muy pronto dejaremos de recibir señales de dónde se encuentran porque se adentrarán definitivamente en el espacio profundo y desconocido a una distancia en la que la comunicación con la Tierra no es posible. No tienen capacidad para regresar, pero tampoco era este su propósito. Viajan para que alguien de otro mundo se encuentre con ellas y descubra en su interior lo mejor de nuestra civilización, lo más audaz que el ser humano ha creado hasta el instante en el que estas naves despegaron desde la superficie de nuestro planeta.
En Vitruvia conservamos un archivo fonográfico en el que la música de Bach, al igual que en el de las Voyager, es su principal protagonista. De toda su inmensa obra, hemos escogido la pieza “Et incarnatus est” que forma parte del Credo de la Misa en sí menor (BWV 232) compuesta por el gran creador alemán para solistas, coro y orquesta. Es una obra cumbre de la historia de la música que alberga algunas de las páginas más bellas jamás escritas, de una espiritualidad profunda y sobrecogedora. Compuesta a lo largo de más de dos décadas, Johann Sebastian Bach jamás pudo verla representada en vida y, por lo tanto, nunca pudo oírla tal y como la había escrito. Unos años más tarde dijo de ella Nägali, su primer editor: se trata de la obra musical más grande de todos los tiempos y de todos los pueblos.
Genio entre todos los genios, su talento, como la infinidad del Universo, nos empequeñece y sobrecoge. Su música es para el que la disfruta una fuente de energía que sirve de combustible para esa expansión necesaria que descubre a cada paso nuestro espacio interior, que también es infinito y desconocido. De su talento único ha surgido una obra profunda y poderosa que se transmite a través del tiempo, del espacio y de la materia que construimos de generación en generación. Quizá algún día su ruido eterno será escuchado por oídos diferentes a los nuestros, pero, mientras tanto, el efecto trascendente que produce su música es la mejor nave espacial que los seres humanos hemos construido para viajar por el Cosmos sin levantar los pies del suelo.
Carlo María Giulini dirige a la Bavarian Radio Symphony Orchestra en la que creemos es una de las mejores versiones registradas hasta la fecha.
Vitruvia y la Música.