Vitruvia y la Música: Gustav Mahler

Concentrémonos tan solo en la música de este tercer movimiento de la Cuarta Sinfonía que nota a nota Gustav Mahler convirtió en partitura en una cabaña próxima a su casa de campo en la que transcurrían uno tras otro los breves veranos austriacos mientras dejaba atrás durante unas pocas, pero intensas semanas creativas, la batuta de la temporada musical que como apéndice de su brazo lo convirtió en un reconocido director de orquesta.

Es un ejercicio que no requiere esfuerzo alguno ya que desde el primer compás de este inicio de movimiento la música logra conmovernos y nos predispone como pocas al placer de vivir la serenidad, la relajación y la paz interior. Cerremos los ojos y pongamos a trabajar los oídos, porque la belleza de esta música es curativa como el más nutritivo de los alimentos. 

A veces, las melodías y los motivos que un compositor expone en sus obras son de poca estima frente a la complejidad de la orquestación y el virtuosismo, pero en nuestra vida breve hay un tiempo para todo y debemos encontrar el mejor momento para disfrutar de cada parte de ese Todo que, como en muy pocos compositores, siempre está presente en las sinfonías del creador austríaco.

Gustav Mahler encontró la fórmula para darle sonido, tiempo y ritmo a la serenidad y a la belleza. Lo hizo en esta Cuarta Sinfonía y también en el resto de las que compuso. Con ellas, con sus lieder o con su poema sinfónico  “La Canción de la Tierra” construyó una obra monumental en el sentido más literal de la palabra, ya que recoge todas las emociones con las que la condición humana escribe el camino de su historia: la tristeza, el miedo, la melancolía, la sorpresa, el amor, el deseo, la alegría, el horror, la confusión, la calma y tantas otras.

Su obra es consecuencia por tanto de una conciencia emocional prodigiosa y sirve como resorte para ponernos en marcha y desarrollar la nuestra, la que nos permitirá comprender y explicar cada uno de los acontecimientos que se irán sucediendo a lo largo de nuestra vida. 

El motivo, la melodía o el tema principal de cada obra o movimiento, da igual cómo lo llamemos, lo importante son los efectos que produce sobre nuestras emociones. En este tercer movimiento de la Cuarta se trata de la serenidad trasladada al lenguaje de la música. Primero con la introducción del motivo principal a través de los violonchelos, luego a cargo de los violines en una segunda exposición y, finalmente, cuando aparece el oboe. A continuación, unos tras otros recogen y varían una y otra vez sobre esta línea melódica bellísima que se prolonga durante algo más de cuatro minutos. 

Hace muchos años, siendo todavía muy joven, en una tarde gris de invierno, sentado contemplativamente sobre la arena de una de las playas que tenemos tan cerca de donde vivimos, escuché en Radio Clásica de RNE uno de los Rückert-Lieder de Gustav Mahler. La belleza de esta música me permitió unir las emociones humanas al paisaje, al movimiento del mar y al vuelo de las gaviotas que se sostenían en el aire con las alas quietas gracias al viento que casi siempre precede a la lluvia. Por esta razón, he escogido para ilustrar este “Ruhewoll” la obra de uno de los mejores y más conocidos fotógrafos de paisaje: el británico Michael Kenna.

Gracias a la música, en una sucesión de algunas de sus imágenes en blanco y negro, podemos contemplar el mundo en el que vivimos de una forma diferente, más rico en emociones, también más trascendente y potenciando la belleza que justamente le corresponde a la naturaleza que nos rodea. Como siempre, la buena música nunca resta protagonismo a la obra fotográfica ni a lo que se retrata en ella, más bien al contrario, la buena música todo la engrandece. 

 

Javier Ferreiro

 

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