Franz Liszt es considerado por muchos como el pianista más grande de todos los tiempos.
Con doce años salió de su Hungría natal con la intención de ingresar en el Conservatorio de París, pero fue rechazado por ser extranjero. Por esas fechas, Beethoven asistió a un concierto donde tocaba el pequeño Franz. Al terminar, el genio de Bonn subió al estrado y le besó las dos manos diciéndole: darás alegría y felicidad a mucha gente.
Siendo joven, Liszt quedó fascinado por el virtuosismo del violinista Niccoló Paganini y se propuso alcanzar esa técnica prodigiosa con el piano. Con el tiempo igualó las demoniacas facultades que se le atribuían a Paganini y, en sus conciertos, la enorme dificultad de su interpretación al piano hacía estremecer al público que, embelesado, escuchaba apasionado sus recitales. Consiguió dominar todos los resortes del piano y convertirse en un virtuoso excepcional y único, con una rapidez y agilidad que deslumbraba.
Liszt llegó a ser ególatra y vanidoso, pues era adulado por todos y asediado por las mujeres que enloquecían ante su presencia arrojándole prendas íntimas al escenario o rasgando el tapiz del asiento de donde acababa de levantarse. Destrozaba los corazones de sus admiradoras. La condesa María d’Agoult abandonó a su marido para seguirlo en sus giras. Tuvo tres hijos con ella de los que fallecieron dos. La tercera, Cosima, terminaría siendo la esposa y musa de Wagner.
Cuando el joven Edvard Grieg le visitó en Weimar, llevaba consigo su excelente concierto para piano y orquesta pero, ante su presencia, los nervios lo atenazaron y se sintió incapaz de sentarse al piano. Liszt le quitó la partitura y tocó a primera vista el concierto completo. Grieg se quedó paralizado.
A Liszt le preguntaban por qué no escribía su autobiografía y él siempre respondía riendo: “Me basta con haberla vivido”.