Sin esfuerzo, para muy poco sirve el talento.
El poeta Daniel Atterbom nos relata el siguiente pasaje en una visita a casa de Beethoven:
“Fuimos una tarde a Alsevorstadt y subimos al segundo piso donde vivía. Llamamos a la puerta sin recibir respuesta. Abrimos el picaporte y comprobamos que la puerta estaba abierta y la antesala vacía. Tocamos en la puerta de la habitación de Beethoven y, al no recibir señal alguna, lo hicimos más fuerte. Aunque escuchábamos a alguien que estaba dentro, nadie respondía. Entramos y ¡qué escena presenciamos!: la pared de enfrente estaba llena de grandes hojas de papel cubiertas con marcas de carbón. Beethoven estaba parado cara a ella, dándonos la espalda. Agobiado por el excesivo calor, se había desvestido, quedándose sólo con una camisa ligera, absorto, escribiendo notas en la pared. Con un lápiz, marcaba el tiempo y tocaba unos cuantos acordes en su piano sin cuerdas (ya estaba sordo y no oía nada, así que, para no molestar a los vecinos, le había quitado el sonido). Ni una sola vez se volvió hacia la puerta. Nos miramos con una perplejidad divertida. No tenía sentido requerir la atención del maestro haciéndonos presentes. Lo estuvimos observando mudos de emoción presenciando, quizás, el más alto vuelo de un genio. Hemos visto a Beethonven crear, vayámonos sin que se dé cuenta”.