En 1979, el presidente de Alemania Oriental, Erich Honecker, y el de la Unión Soviética, Leónidas Brézhnev, protagonizaron uno de los besos más famosos de la historia. No se besaban por amor, ni por un febril deseo sexual o por una simple fraternidad socialista: se necesitaban mutuamente. Honecker se había convertido en un firme defensor del régimen comunista soviético instaurando en Alemania Oriental un socialismo de consumo y Brézhnev garantizaba la intervención del Ejército Rojo en el caso de que germinase alguna revuelta popular similar a la de unos años antes en Praga. Una década más tarde, en 1989, pocos días antes de la caída del Muro de Berlín y a pocos meses de la reunificación alemana, Honecker recibiría en casa otro beso sovietico, el del presidente Mijaíl Gorbachov, aunque por motivos bien distintos. Era un beso de despedida y abandono, el de un Gorbachov que, acuciado por la crisis económica y la desintegración del régimen comunista en su propio país, le decía al mandatario alemán que él ya tenía suficiente con los problemas en su casa rusa. Honecker sabía entonces que sin el apoyo de Moscú no sería capaz de mantenerse en el poder.