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Camille Saint-Saëns (1835-1921). Una mente prodigiosa.

La curiosidad es el mejor antídoto contra el aburrimiento.

Se dice que el cociente intelectual de Camille Saint-Saëns era tan alto que casi no había forma de medirlo porque superaba cualquier barrera. A los dos años tocaba al piano algunas melodías que escuchaba en la calle. Tenía oído absoluto, un don que muy pocas personas poseen y que les permite identificar los sonidos de forma clara e inconfundible. Podía leer y escribir música a los tres años. A esa edad compuso su primera obra. A los cinco años ingresa en el Conservatorio de París y comienza sus estudios analizando la ópera Don Giovanni de Mozart. A los siete años se interesa por la botánica y estudia latín. Hace su debut a los diez años en un recital de piano y al terminar el concierto se para ante el público y ofrece tocar cualquiera de las sonatas para piano de Beethoven, a elección de los asistentes. Se sabía de memoria las treinta y dos sonatas y estaba preparado para tocarlas sin partitura. Su fama llegó a todo el mundo. Todo era para él digno de estudio, la filosofía o la astronomía, la botánica o la medicina, la arqueología o la poesía.

Saint-Saëns se casó con una joven y hermosa mujer, tuvieron dos hijos y los dos hijos se murieron en circunstancias trágicas siendo niños. Uno de ellos cayó por una ventana a los dos años y medio. La madre, desconsolada, desatendió la alimentación del otro y éste falleció por una pulmonía cuándo tenía seis meses de edad. A raíz de esta tragedia, el matrimonio terminó divorciándose y jamás volvieron a verse.

Anticipándose a Sartre o Camus, Saint-Saëns escribió un tratado de filosofía donde abogaba por un pesimismo existencial: “El arte y la ciencia tomarán el lugar de la religión”, dejó escrito.

Camille Saint-Saëns murió a los 86 años en Argelia en 1921, dónde pasaba varios meses al año buscando el anonimato.

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