En 1737, el rey de España Felipe V estaba inmerso en una profunda depresión, no gobernaba, no se bañaba ni afeitaba y su atuendo estaba siempre descuidado. La reina, que sabía del gusto del rey por la música, ideó un plan para interesarlo en algo. Ese año, un cantante arrasaba en Europa, enloquecía al público y miles de personas lo escuchaban extasiados. La reina organizó una velada con este célebre cantante en un salón adjunto al apartamento real. La música comenzó y Farinelli cantó una de sus mejores melodías. Al terminar, el rey, tras bañarse y vestirse de forma adecuada, mandó llamar al hombre que cantaba de semejante forma. A partir de ese día, el monarca volvió a gobernar y Farinelli, merced a un generoso estipendio, cantó todas las noches la misma canción durante veinticinco años.
Carlos Broschi, más conocido como “Farinelli”, era un castrati. Cuando apenas tenía doce o trece años, le habían cercenado parte de sus órganos reproductivos para lograr que como adulto su voz no fuese ni de hombre ni de mujer, sino de una excepcional dulzura que pudiese cautivar a los oyentes.
Como contrapartida a esta amputación ordenada por los padres sin permiso de los hijos, los “castrati” pertenecían a una casta superior y los compositores se peleaban por escribir sus óperas para ellos. La dinastía de los “castrati” se extinguió con Alexandro Moreschi en la primera mitad del siglo XX. Moreschi llegó a grabar algunos discos en la década de los veinte. El sonido de esos discos estremece a quien lo escucha.