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Giuseppe Verdi (1813-1901) Sobrevivir a la tragedia.

En abril de 1840, el hijo pequeño de Verdi, que apenas tenía dos años, enfermó de un mal del que los médicos no pudieron curarle y murió en los brazos de su madre que cayó en una profunda desesperación. Días después, fue su hija de tres años la que enfermó de lo mismo muriendo también sin conocer siquiera la juventud. Al mes siguiente, su esposa sufrió una aguda fiebre cerebral y el 19 de junio de 1840 un tercer ataúd salió de la humilde casa del compositor. Verdi debía entregar ese mismo mes a Bartolomeo Morelli, empresario de La Scala de Milán, una primera ópera para ser representada. El estreno fue un fracaso rotundo.

Abatido, sin dinero y a punto de terminar con su propia vida, una noche fue abordado por Morelli, que sabiendo del genio que latía en su corazón, le entregó un libreto para que siguiera trabajando. Verdi cogió el manuscrito con la intención de devolvérselo al día siguiente. Al llegar a casa lo arrojó sobre su mesa cayendo una página a sus pies. Giuseppe se estremeció con lo que allí estaba escrito. A los tres meses, el compositor puso la última nota sobre la partitura de su ópera Nabucco. La noche del estreno, el público, emocionado, cantaba las estrofas del famoso coro de los hebreos que comienza con el texto que tanto había impactado a Verdi. El éxito fue tal que la gente la coreaba al salir y gritaba por las calles y los cafés: ¡Viva Verdi!

De toda la obra de Verdi, hay quienes prefieren una u otra ópera. Pero para él, su obra favorita era la casa de reposo para músicos pobres y enfermos que mandó construir en Milán en 1896.

En 1901, cuando agonizaba, los cocheros que debían pasar por su domicilio, hicieron tapizar las calles con paja para amortiguar el ruido y le pedían silencio a sus pasajeros diciéndoles al mismo tiempo: el maestro está muriendo.

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