Vitruvia y la Música: Frédéric Chopin (1810-1849)

La humildad y la curiosidad sirven de combustible al motor que nos lleva al progreso. Si crees que ya lo sabes todo, terminarás por dejar de caminar.

Frédéric Chopin nunca se reconoció como un pianista y compositor de talento. Sin embargo, cuando se graduó en el Conservatorio de Varsovia, uno de sus maestros anotó a pie de página en su expediente: “¡Es un genio!”.

Agonizando en la cama, pidió a sus amigos que tocasen algo para él mientras enfilaba el fin de su tiempo. Al oír su propia música, les dijo: “Oh no, nada mío, algo realmente bueno: Mozart, por ejemplo”. Franz Liszt lo despidió con el Preludio nº 4 en mi menor que Chopin había compuesto para su propio entierro; un sepelio muy a destiempo para alguien que no logró cruzar la frontera de los cuarenta.

Hay que morir sintiéndose joven, pero que esto ocurra lo más tarde posible porque ambas circunstancias pueden darse juntas. La muerte a destiempo es una injusticia. Se dice que es mejor sufrir una injusticia que cometerla, pero nunca una parcialidad como la muerte prematura hace justo a quien te lleva a la tumba.

La humildad y la generosidad son virtudes de los genios auténticos. Joan Miró decía que cuando empezabas a tomarte demasiado en serio comenzabas a ser tonto. Cuando el genio fija su mirada en la inmensidad del universo empequeñece ante la complejidad de lo que observa, pero cuando baja la vista y observa lo que le rodea se desilusiona con la simpleza de lo que le rodea. Bach y Mozart eran para Chopin el universo infinito y, siendo él un genio auténtico, ante ellos se postraba humildemente.

Frédéric Chopin compuso 24 preludios para piano, unos cuantos dolorosos o melancólicos y otros más alegres y románticos, pero todos poéticos, refinados y expresivos. Aunque agrupados bajo el epígrafe de preludio, ninguno de ellos es anticipo de obra principal alguna, así que, todos ellos pueden tratarse como una obra única e independiente o también ser interpretados como piezas aisladas y combinadas con otras. Su composición fue concluida en Mallorca cuando Chopin compartía su vida con la escritora George Sand y sus hijos. Allí se trasladó desde París para sobrellevar la tuberculosis crónica que padecía, pero al desembarcar en la isla pudo comprobar que, en ocasiones, un invierno mallorquín puede ser tan crudo como el tradicional parisino. Imposible no trasladar esta melancolía meteorológica a la creación musical.

Amar la música sobre cualquier otra expresión artística supone reconocer en el compositor al genio absoluto que domina el poder de la creación y es capaz de expresar a través del sonido cualquier emoción y sentimiento. Con respecto a la genialidad, no siempre vemos ante nuestros ojos aquello que tenemos tan cerca y, por lo tanto, a veces el talento genuino llega y se va sin que seamos capaces de advertirlo. ¡Qué pena no disfrutar del genio en vida! ¡Qué pena que tantas veces el genio no disfrute en vida de su genialidad!

 

Nirav Patel.

Las imágenes de este fotógrafo norteamericano nacido en India transmiten paz, tranquilidad y belleza, pero también introspección y profundidad de sentimiento. A esto dedica Nirav Patel toda su obra, una recompensa para nuestros ojos acostumbrados a convivir en contextos agresivos y violentos. Con el preludio n° 13 de Chopin rompemos el silencio pacífico de sus fotografías y nos sumergimos una vez más en el romanticismo emotivo de este genial compositor. Un privilegio para los sentidos.

 

Javier Ferreiro.

 

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