«Los genios llevan todas las coronas, incluso las de espinas»
(Victor Hugo)
Un amigo de Leopold Mozart fue a visitarlos un domingo después del servicio religioso. Al llegar a la casa, encontró a Wolfgang ocupado con una pluma, escribiendo sobre un papel pautado. Leopold le preguntó qué estaba haciendo y Wolfgang le respondió que estaba componiendo un concierto para piano.
-Déjame verlo- dijo su padre divertido.
-Todavía no he terminado- le contestó, mientras seguía trabajando.
-No importa, debe ser algo muy bueno- insistió el señor Mozart, y tomando los papeles comenzó a leer, bromeando con su amigo a cerca del pequeño “compositor”.
Pero poco a poco el rostro perdió la sonrisa, mientras Leopold seguía descifrando lo que su hijo había escrito, y página tras página el asombro tomaba el lugar de la broma, hasta que las lágrimas fluyeron de sus ojos, y abrazando a su hijo, mostró a su amigo aquello que le había hecho llorar.
Era un concierto para piano que ningún niño podía haber escrito, y sin embargo había salido de la cabeza y de las manos de Wolfgang, que en aquel momento tenía tan solo cuatro años.